LA LITERATURA DE LA FRONTERA A TRAVÉS DE TRES AUTORES TRANSTERRADOS: SAID EL KADAOUI, KHEDIJA GADHOUM Y SERGIO BARCE

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Por José Sarria

Escritor, ensayista y crítico literario

Académico de la Real Academia de Córdoba

COMUNICACIÓN:

La literatura de la frontera a través de tres autores transterrados:

Said El Kadaoui, Khedija Gadhoum y Sergio Barce.

Coloquio Internacional “Intersticios en la Literatura de la Frontera”.

 Facultad de Letras de Letras y Ciencias Humanas Dhar el Mahraz,

Universidad de Fez (Fez, Marruecos, 25-26 de abril 2018).

BREVE INTRODUCCIÓN

En ese espacio singular, casi mágico, que conforman Andalucía y el Magreb, se ha producido históricamente, y se produce en la actualidad, el encuentro continuo de religiones, de creencias, de lenguas y de culturas, alcanzándose una hibridación, un mestizaje, de inigualable valor estético.

Esto lleva a la eclosión de un territorio creativo híbrido, mestizado y sincrético, de lo hispano-andalusí, de lo magrebí y de lo sefardí que escritores de Marruecos y posteriormente de Túnez, han utilizado como material creativo para el establecimiento de una obra escrita directamente en la lengua de Cervantes.

No pretende esta ponencia centrarse en el nacimiento y desarrollo de la Literatura Hispanomagrebí, término que en el año 2008 acuñaron los profesores e investigadores Manuel Gahete, Abdellatif Limami, Ahmed M. Mgara, Aziz Tazi y José Sarria, en su antología “Calle del Agua. Antología contemporánea de Literatura Hispanomagrebí”, frente al término hasta ese momento utilizado de Escritores Marroquíes de Expresión en Castellano o Español. Y digo que no voy a detenerme en ese fenómeno, al cual nuestro maestro, nuestro querido y admirado Rodolfo Gil Grimau calificó, en estas mismas aulas, como la gran novedad del hispanismo mundial[1], porque al mismo se han dedicado muy interesantes seminarios, encuentros y ensayos. El objeto de esta ponencia se centra en una de las derivadas de esa Literatura Hispanomagrebí, como es la obra de los autores transterrados.

LA FRONTERA COMO LUGAR IMAGINARIO

Las fronteras, esos lugares que delimitan espacios, regiones, países o continentes pueden serlo físicas o imaginarias. Los escritores, han utilizado secularmente el sentido de los espacios, de las patrias idealizadas (al-Andalus, por ejemplo, como patria poética), y de allí, de las fronteras, para construir inmarcesibles obras de arte.

La literatura occidental es inconcebible sin los relatos de viajes, sin la imaginación ardiente de los escritores que soñaron con Arcadias encendidas o Dorados refulgentes. El espacio conocido, la frontera y el horizonte por conquistar, siempre fue ocupación literaria de primer orden desde el que concebir La Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio o la Descrizione dell´Africa, del granadino Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi, más conocido como León el Africano, sin olvidarnos de Cervantes con los viajes de Don Quijote o Julio Verne.

Los espacios físicos y las ciudades, en lo cercano, siempre han tenido un atractivo especial para los escritores, al convertirlas en patrias idílicas. Las urbes legendarias, los lugares mitológicos o soñados han forjado el destino de algunos grandes autores. Así ocurrió con Alejandría y Cavafis,  las ciudades griegas y Henry Miller, Trieste y James Joyce o el embrujo de Tánger, al que sucumbieron, durante casi tres décadas, autores como Tennessee Williams, Gore Vidal, Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Juan Goytisolo o el matrimonio de los Bowles.

Uno de los lugares mágicos, que con mayor fuerza ha sido objeto del interés de los escritores es el espacio geográfico del Estrecho de Gibraltar y las ciudades que amurallan ambas riberas. Desde la mitología griega, que sitúa ahí el décimo trabajo de Hércules, separando las rocas que unían África y Europa[2], hasta nuestros días, pasando por los Viajeros Románticos (Merimeé, Washington Irving, Disraeli o Alexander Mackenzie), los lugares que existen a un lado y otro de esa frontera que concita la calle de las aguas mediterráneas y atlánticas, se elevan como magma creativo en obras de todo orden.  

Esto mismo lo han experimentado muchos de los autores que pertenecen a la denominada corriente de Literatura Hispanomagrebí, al utilizar el lenguaje de los mundos, de los espacios o de las fronteras como elemento fundacional para sus obras. Es el caso, por citar sólo citar un ejemplo, del gran narrador Mohamed Lahchiri, quien ha sabido utilizar la imagen de la frontera interior (lugar que delimita los mundos opuestos), como elemento de fuerza motriz en sus entregas narrativas[3] estableciendo una precisa escenografía entre el marco del norte de Marruecos: Fnidek, Tetuán y Chefchaouen, y el centro del país, con la monstruosa urbe de Casablanca, que se transforma en sus textos en una especie de infierno, de pesadilla, frente al recuerdo de su región natal.

EL AUTOR TRANSTERRADO

Pero tras las ciudades, los espacios conocidos, las fronteras y el mundo real o ficcionado que han descrito los autores de Literatura Hispanomagrebí, llega el tiempo de los autores transterrados [4]. El escritor transterrado es un creador que lleva asociada en su obra (porque lo ha vivido en carne propia) el hecho personal de la migración y las consecuencias de ese viaje, con su sintomatología y limitaciones: rechazo, amenaza y marginación.

Los movimientos migratorios son, actualmente, una de las derivadas de la globalización. Sus efectos sobre las personas o grupos sociales, las afectaciones sobre las normas culturales, la desafección del origen, la marginación y los procesos de aculturación, asimilación, deculturación o biculturalismo, en palabras de Jesús de Gándara: serán “los nuevos modelos psico-socio-relacionales que afecten a los transeúntes que se sienten transterrados …/… Después de llegados a algún punto, todos ansían regresar, pero ése es un incómodo sueño que pocas veces se hace realidad. Los que lo logran se convierten en “Ulises” que envejecen en su Ítaca natal al lado de los suyos. Los otros, los que nunca regresan, perecerán víctimas de las turbulencias o lograrán llegar a ciertas islas extrañas, donde se encontrarán  con otros como ellos que tratan igualmente de sobrevivir aferrados a los restos del naufragio”[5].

Y es en ese marco referencial (físico o mental) donde se incardina la obra de los tres autores objeto de esta ponencia: el (digamos) español Sergio Barce, el marroquí Said El Kadaoui y la tunecina Khédija El Gadhoum. Estos autores han constituido una obra en la frontera de la épica cotidiana, utilizando el magma (lugares, personajes, historias y sentimientos) que contiene el espacio compartido: el mental que se vive desde la lejanía y el físico que impone el exilio, junto a sus circunstancias personales, que se erigen poderosas en la elaboración de su obra, a quienes les une el elemento común de la migración como elemento fundacional en la naturaleza de su obra.

SERGIO BARCE es quizás el autor transterrado más singular (junto al sefardí, Leon Cohen Mesonero). Nacido en Larache, en el año 1961, descendiente de familia española asentada en esta localidad después de varias generaciones, se considera, esencialmente, larachense. Ni español, ni marroquí; sino larachense. Los límites que conforman la ciudad del Jardín de las Hespérides se convertirán en patria de Sergio durante los años de su infancia y adolescencia, hasta que, a la edad de quince años, su familia se ve obligada a abandonar Larache, tras la independencia de Marruecos, para dirigirse a la península. Será la primera vez que deje la ciudad idílica y presienta, profunda e intensamente, el exilio y sus consecuencias. Desde entonces ha venido construyendo una obra bajo la necesidad de recuperar el Paraíso perdido que ya no existe más que en su mente y en su interior. Todas sus obras apuntan, una y otra vez, hacia ese lugar y aunque ha hecho algunos intentos por elevar otros escenarios, todos los esfuerzos desembocan, irremediablemente, en su ciudad natal.

Su obra actual se completa con En el Jardín de las Hespérides (2000), Sombras en sepia (Premio Tres Culturas de Novela, 2006), Una sirena se ahogó en Larache (2011), El Libro de las palabras robadas (2013-2016), Paseando por el zoco chico (2014) y La emperatriz de Tánger (2015).

Escribía Jaroslav Seifert que “recordar es la única manera de detener el tiempo”. Sergio Barce posee el talento de contar las experiencias para hacer posible el conjuro del milagro creativo; ha detenido el tiempo, rescatando del salón del olvido a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia para hacerlos inmarcesibles, desde una narrativa memorística, encendida, que eleva relatos del recuerdo de una época que se resiste a desaparecer y que se transforman en espacios vivos, en paraísos rescatados a través de su obra.

Barce no se siente un extraño en la que fue su tierra; al contrario, hace de ella una utopía sobre la que fundamentar la construcción de su obra, utilizando el recurso de la memoria, de las experiencias pasadas, de los recuerdos, para elaborar un relato con la inocente mirada de los ojos de un hombre-adolescente que pretende hacer posible otra realidad, frente a la severidad de un presente decadente que, por doloroso, se hace inaceptable. La expulsión de su particular Paraíso, va a significar, para el escritor, la imperiosa necesidad de volver a restablecer el orden perdido. Este es el mundo que Sergio Barce ha creado para todos, su legado, el testamento que ha construido a lo largo de casi veinte prodigiosos años y que nos entrega como testimonio de resistencia “a través de los ojos del niño que fue”. Ahora, alcanzada la madurez creativa, Sergio Barce toma asiento en alguna de las sillas vacías del Café Central, escucha las bromas de Sibari y de Akalay y sonríe satisfecho. Saborea un té con flores de azahar, mientras vuelve a sonreír porque sabe que ha cumplido su misión: mantener vivo el recuerdo y la imagen de quienes habitan, ya por siempre, en el Jardín de las Hespérides.

SAÏD EL KADAOUI junto con Najat El Hachmi, Laila Karrouch y el malagueño Zuer El Bakkali, son hijos de emigrantes marroquíes. Los tres primeros nacidos en Nador y residentes en Cataluña y Zuer nacido, ya, en Málaga. Hijos de aquellos inmigrantes que llegaron del Magreb, suponen la segunda generación que supo aprovechar la oportunidad que les ofrecía Occidente pero que mantiene una problemática identitaria muy acentuada que se traslada a sus textos.

Esta problemática de la identidad y los conflictos interiores que se desarrollan desde las experiencias vividas en mundos distintos son los que conforman el magma narrativo de Said El Kadaoui, muy especialmente en su última novela NO (A los cuarenta años soñar empieza a ser ridículo), cuando escribe, en uno de sus pasajes: “Quizás, si mis padres vivieran en Marruecos me mirarían con los ojos de unas personas ancianas que ya no comprenden el mundo contemporáneo. En cambio, al vivir aquí, me miran como a un extraño, como a alguien que ha cambiado de bando. Sienten que tienen un hijo extranjero” (p.132).

La trilogía, que compone su actual obra narrativa: Límites y fronteras (2008), Cartas a mi hijo. Un catalán de pura cepa, casi (2011) y NO (2016), describe un tiempo en tránsito, el de unas personas, sus esperanzas, sus frustraciones, es decir, su identidad, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de la tierra de acogida y los lugares, físicos o mentales, compartidos. Esta “expulsión” de aquella Arcadia en la que se desarrolló la infancia va a significar para el escritor la necesidad de recomponer una personalidad híbrida con la que deambula el personaje principal en un contínuum que recorre toda la novela: “si bien no me molesta ser europeo, tampoco doy saltos de alegría por ello. La constatación de que siempre voy buscando al otro perdido” (p.153), “Dicho con toda gravedad, la identidad que nos han inculcado es un embuste ideológico. Somos una mentira, una ficción o una medio verdad velada” (p.199).

El protagonista, conversa con un amigo que ha decidido volver a Marruecos, país de origen de ambos, y ello desencadenará el relato de contradicciones que conforma el conjunto de narraciones segmentadas que hilvanan la novela. Profesor de literatura y escritor frustrado, sometido implacablemente a la servidumbre del sexo, al atravesar la frontera de los cuarenta, hace balance de su vida desde esa terraza de desequilibrio emocional que supone la edad madura y que lleva aparejada, en muchas ocasiones, una crisis personal, emocional y, en su caso, identitaria: “soy un tipo de cuarenta años con una personalidad alambicada y compleja, pero el ADN que la sustenta es justamente aquella ambivalencia que sentí al recibir el coscorrón de mi madre” (p.75).

Escrito con una técnica compleja, pues se estructura de una manera que va hilvanando el discurso que subsiste en la mente del protagonista: la historia de la emigración marroquí y la problemática de la identidad, vivir en paralelo dos mundos diferentes, la mirada que se hace poliédrica y el sentido de los valores compartidos o no, es el sustento creacional de este autor transterrado: “Yo ya no pertenezco al mundo que puebla la cabeza de mis padres” (p.126).

KHÉDIJA GADHOUM, nace en Túnez, es poeta (la poeta que junto a Aziz Tazi, Mohamed Doggui y Zuer El Bakkali, más intensidad creativa vienen demostrando en los últimos años) y doctora en Literatura y Cultura Latinoamericanas. Actualmente es profesora de español en la Universidad de Georgia, en Athens (USA). Sus publicaciones, hasta el momento, se concretan en los poemarios Celosías en celo (2013) y Más allá del mar (2016).

Khédija Gadhoum es, ante todo, una mujer poeta, que escribe desde el exilio. Mujer que desde su realidad identitaria tunecina, norteafricana y musulmana, no renuncia (antes bien, reivindica) su condición de género.

Su primer poemario venía a representar, desde la metáfora del kilim, con su generosidad cromática y la prolífica geometría de sus bordados, la hibridación de su experiencia vital, en donde por un lado destellan sus raíces, hilos de toda una existencia y, de otro lado, su identidad polimorfa, constituida a lo largo de sus vivencias en otros espacios, en otros lugares que no son los de su país natal.

Si con la entrega de su primer poemario, Celosías en celo, Gadhoum sorprendía al lector por la belleza de su propuesta lírica, acompañada, en lo conceptual, de un transparente verso libre, inclusivo, de reminiscencias vanguardistas, juegos tipográficos con preconcebidas disposiciones versales (escalonadas o verticales, como los magníficos poemas “Norte”, “Higiene femenina”, “Milonga oriental” o “Los límites de la palabra”) que concitan una belleza plástica inusual en el poema, con su segunda entrega, Más allá del mar, nuestra escritora se constituye como una indubitada poeta magrebí (transterrada) en lengua castellana, con un poemario en donde hace acopio de todas las imágenes y experiencias de alguien que ha vivido en propia carne el camino de la migración, no solo física sino los tránsitos mentales, educacionales, interiores o espirituales. Las puertas (abundantes en el texto) son la alegoría de esos tránsitos que la escritora hubo un día de iniciar y metaforizan todos los éxodos que encontraremos a lo largo del poemario: de género –como el descrito en el magnífico poema “El secreto de Eva-”, tránsitos de discursos patriarcales, identitarios o políticos.

La vida, la existencia se entiende desde ese doble juego de los espejos: un lugar en el que mirarse para comprenderse e interpretar el mundo. Ese “irse / y hallarse en patrias peregrinas”, del poema “Lección de gramática”. Es así como Gadhoum establece un texto, con una mirada renovada, la mirada del poema “Ojos renovados”, en donde la autora, a través del verso, edifica su cosmos, el orden de su existencia, la arquitectura de un lenguaje que restablezca su libertad.

“Porque a la historia le falta la incómoda versión”, dirá la escritora. La versión de los otros, de los transterrados. La poeta ha tenido que cruzar las bibénes, los portones que se incardinaban en las antiguas medinas, como son la educación patriarcal recibida en su casa tunecina, la identitaria, la lingüística, la existencial o la cultural, puertas que hay que empujar en esa doble oscilación que contiene la propia existencia, en la que para abrirse a lo nuevo hay que, necesariamente, cerrar y abandonar otras experiencias.

Pero la poesía de nuestra autora contiene el elixir, el milagroso bálsamo que hace posible esa conciliación, esa rehabilitación. Así lo había escrito, anteriormente, en Celosías en celo: “escribir / es resistir el no / su eventual duelo / en su precisa eternidad” y así lo confirma en esta nueva entrega, donde Gadhoum habita, al fin, libre y completa.


[1] GIL GRIMAU, Rodolfo (2008). “Prólogo” en Calle del Agua. Antología contemporánea de Literatura Hispanomagrebí. Madrid. Editorial SIAL.

[2] Dando lugar al relato legendario del nacimiento de las imaginarias columnas de Hércules (los dos promontorios, el de Kalpe, asociado al Peñón de Gibraltar, y el de Abila, identificado con el monte Hacho en Ceuta o el monte Musa en Marruecos).

[3] Pedacitos entrañables (1994), Cuentos ceutíes (2004), Una tumbita en Sidi Embareck y otros cuentos ceutíes (2006) y Un cine en el Príncipe Alfonso y otros relatos (2011).

[4] Es el filósofo español, José Gaos, en 1947, quien bautizó a los exiliados republicanos españoles con este neologismo: transterrados, a propósito del exilio que sufrieron en México tras la Guerra Civil.

[5] DE GÁNDARA, José (2014). Transterrados (Revista Hypérbole). Recuperado de: http://hyperbole.es/2014/02/transterrados/

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