FÁTIMA LAHSSINI O LA MEMORIA DE TODAS LAS MUJERES

Por José Sarria

Soy todas las mujeres que fui

Fatima Lahssini

Diwan Mayrit (Madrid, 2026)

Hay libros que nacen de una experiencia personal y otros que, aun partiendo de ella, logran trascenderla para convertirse en una voz colectiva. Soy todas las mujeres que fui, de Fátima Lahssini, pertenece a esta segunda categoría. Nos encontramos ante un poemario que se construye como una indagación en la memoria femenina, un ejercicio de recuperación de genealogías silenciadas y, al mismo tiempo, una afirmación de identidad que trasciende las fronteras geográficas, culturales y lingüísticas.

En el panorama de la literatura hispanomagrebí contemporánea, la obra de Lahssini ocupa un lugar singular al incorporar a dicha tradición una perspectiva de género desde una conciencia plenamente asumida de pertenencia múltiple: marroquí, mediterránea, amazigh, hispanohablante y femenina, ampliando, con ello, sustancialmente los horizontes temáticos y simbólicos de esta neoliteratura que había encontrado, tradicionalmente, sus principales territorios de reflexión en la memoria histórica, la experiencia migratoria, la identidad cultural, el mestizaje lingüístico o el diálogo entre ambas orillas del Mediterráneo. Sin embargo, dentro de ese corpus creciente y cada vez más sólido, la voz de las mujeres había permanecido, prácticamente, durante mucho tiempo en una posición secundaria. Por ello, la aparición de Soy todas las mujeres que fui  posee una relevancia que trasciende el ámbito estrictamente literario, ya que se eleva como una de las primeras formulaciones plenamente conscientes y articuladas de una subjetividad femenina dentro de la poesía hispanomagrebí, pues la autora sitúa la experiencia femenina en el centro mismo de la construcción poética, convirtiéndola en el eje vertebrador de su propuesta estética y ética.

El título del libro encierra ya toda una declaración de principios. En Soy todas las mujeres que fui, la poeta habla desde sí misma, pero también desde una memoria colectiva que la precede y la habita. Su voz se convierte en un espacio coral donde convergen generaciones enteras de mujeres cuyos relatos han permanecido relegados a la intimidad de las cocinas, los patios familiares, los trabajos domésticos o las narraciones transmitidas oralmente. De ahí que uno de los aspectos más valiosos del libro sea precisamente su capacidad para transformar la experiencia personal en una memoria compartida: Cuando escribe: «Soy todas las mujeres que fui:/ la niña que escuchaba a su abuela,/ la joven que despertó a la injusticia,/ la mujer que ya no se calla», no está construyendo únicamente una autobiografía poética, sino una auténtica genealogía femenina. La niña, la joven y la mujer son, simultáneamente, una misma persona y muchas mujeres a la vez. En este sentido, la obra dialoga con la reflexión de Hélène Cixous, cuando reivindicaba la necesidad de que las mujeres escribieran su propia historia y recuperaran los territorios simbólicos que les habían sido negados, o con las propuestas de Fatima Mernissi, quien defendió la importancia de rescatar las voces femeninas borradas por los relatos oficiales del mundo árabe y musulmán.

Las abuelas, las madres, las hijas y las hermanas aparecen como depositarias de una memoria que se transmite a través de gestos aparentemente humildes, pero cargados de significado. La mujer que amasa pan, la que enciende un candil, la que teje una alfombra o la que alimenta el fuego del hogar dejan de ser figuras secundarias para convertirse en auténticas guardianas de la identidad colectiva: «muele aceitunas en la penumbra,/ hornea pan con masa madre/ y deja que el silencio robe su olor». Allí donde la historia oficial apenas registra acontecimientos, la poesía descubre la verdadera dimensión de una cultura, adquiriendo la cotidianeidad una dimensión casi sagrada. Como en la obra de María Zambrano, la memoria no es un simple depósito del pasado, sino una forma de conocimiento que ilumina el presente.

Pero esta recuperación de la memoria femenina no se limita al ámbito doméstico. Lahssini amplía el horizonte de su mirada y rescata figuras históricas y legendarias del imaginario magrebí como al-Kāhina o Aisha Candisha; mujeres que se enfrentaron al poder, que desafiaron las normas establecidas o que terminaron convertidas en mito. Este gesto posee una enorme importancia dentro de la literatura hispanomagrebí. Hasta ahora, la mayoría de sus textos habían privilegiado la experiencia masculina de la emigración, la memoria colonial o la identidad nacional. Lahssini introduce una nueva perspectiva: la de las mujeres que también protagonizaron esas historias y cuyas voces rara vez ocuparon el primer plano. Por ello, el poemario puede leerse igualmente como una poética de la resistencia.

La resistencia frente a la violencia, frente al olvido, frente a las estructuras patriarcales y frente a cualquier forma de silenciamiento: «Miradas cobardes/ cerraron los ojos, se taparon los oídos/ a las lágrimas en manantiales”. No se acusa únicamente al agresor, sino también a una sociedad que demasiadas veces ha preferido mirar hacia otro lado.

Junto a esa resistencia, otro de los grandes símbolos que atraviesan el libro es el mar. El mar de Lahssini no es solamente un paisaje. Es frontera, memoria, exilio, amenaza, deseo y esperanza. Es el Mediterráneo de los encuentros culturales, pero también el Atlántico de las despedidas y de los naufragios contemporáneos. Es un espacio donde confluyen la historia colectiva y la experiencia íntima: «Los navegantes mienten…/ siempre mienten:/ igual que el tiempo,/ el mar no tiene marcha atrás». Dakhla, Casablanca, Panamá o Lisboa configuran una cartografía emocional donde los lugares son también estados del alma. La geografía se transforma en memoria afectiva y el desplazamiento físico en búsqueda identitaria. En este sentido, la obra participa de una tradición que va desde Cavafis hasta José Ángel Valente, pasando por Darwish o Pizarnik.

Junto al mar, con toda su simbología lírica, la memoria o las migraciones forzadas, atraviesan el espacio poético asumiendo plenamente la función ética que le atribuyera Mahmoud Darwish: la de preservar la dignidad humana frente a la devastación de la historia.

Pero, quizás, el mayor logro de este libro sea haber encontrado un tono propio. Lejos del victimismo, de la proclama ideológica o de la simple reivindicación identitaria, Lahssini construye una poesía donde emoción y reflexión conviven con naturalidad. Su escritura oscila entre la evocación íntima y la conciencia colectiva, entre la herida y la esperanza, entre la elegía y el manifiesto.

Soy todas las mujeres que fui es mucho más que un poemario. Es una cartografía de la memoria femenina, un manifiesto de resistencia y una afirmación de pertenencia múltiple. Con esta obra, Fátima Lahssini incorpora una voz sólida y necesaria al corpus de la literatura hispanomagrebí contemporánea, enriqueciendo un espacio literario que encuentra en autoras como ella una de sus expresiones más prometedoras.

Porque, al final, las mujeres que habitan estos poemas son también las mujeres que habitan nuestra memoria común. Y la poesía de Lahssini nos recuerda que toda verdadera escritura comienza allí donde alguien decide romper el silencio.

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