Hispanismo del Magreb

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Mustapha Busfeha García (Marruecos, España).

Aquel primer día de Rabi´ al Awal del 897 de la Hégira no sería un día cualquiera para Abdallah Ibn Omar Al Araichi; poco antes del alba, su amada Amina colmaba sus anhelos dando a luz a su primer hijo. Aunque largo, el parto transcurría con toda normalidad si bien para Abdallah aquél fue un tiempo eterno en el que no cesaba de bajar y subir a la segunda planta de la casa donde se paseaba nerviosamente ante la puerta de la alcoba.
Después de siete años de matrimonio por fin logró Amina llevar a buen término el embarazo tan deseado; en dos ocasiones anteriores sus ilusiones se habían visto truncadas a las pocas semanas de gestación a pesar de haber seguido al dedillo todas las instrucciones que le habían dado la multitud de físicos, matronas, astrólogos y alfaquíes a los que acudía asiduamente. Cada día, al término de cada una de las cinco oraciones, Amina se recogía y suplicaba humildemente a Dios que le concediera la gracia de concebir una nueva vida en su seno que llevara la total felicidad a su hogar. A sus veinticuatro años todos decían de ella que era hermosa, bien constituida, culta, fiel esposa, humilde, y laboriosa, buena y piadosa musulmana entonces ¿por qué Dios no atendía a sus súplicas? – “¿Qué pecado he cometido ante tus ojos, mi Dios, que merezca este suplicio? Sea el que fuere apiádate de mí, porque Tú Eres Señor Todopoderoso, el Clemente y el Misericordioso.

Fue un día de primavera cuando, dirigiéndose hacia la cocina, Amina comenzó a sentirse extraña; el olor que percibía, y que siempre le había entusiasmado, comenzó a convertirse en algo desagradable que le produjo arcadas.
– ¿Qué le sucede a mi Lal-la Mulatti? – Le preguntó cariñosamente Aicha, la vieja aya. – “¡Si ya lo digo yo! Cada día estás más débil “– “¡Claro, como no comes apenas! “¿Es que ya no te gustan los platos que te preparo?”. Ven, mira lo que estoy cocinando para ti.
-Por favor Dada, no me hables de comida ahora, no me encuentro bien.
– ¡Es tu plato preferido! ¡Alboronia! Verás cuando te la comas; nos ha costado mucho, pero hemos logrado hacernos con algunas verduras y con lo poco que teníamos en casa he conseguido un guiso para que te chupes los dedos; le he puesto sus berenjenas, ajos, cebolla, calabaza, almendras, piñones… -Aicha se dio cuenta de que a medida que hablaba ella, Amina cambiaba de color y mostraba evidentes señales de aborrecimiento. De repente, la anciana se calló, abrió de par en par los ojos y se golpeó con fuerza las mejillas con las palmas de la mano.
– “Ya Allah, ya Allah, ¡Pero qué burra soy! ¡Que mi niña está embarazada! ¡Que sí! ¡Que sí! exclamaba mientras corría a la máxima velocidad que le permitían sus cansadas piernas hacia el patio de la casa lanzando estruendosos yuyuis y llamando a gritos:” ¡Lal-la! ¡Lal-la! Corre, ven…Yuyuyuyui…Yuyuyuyui…
– ¡Abdallah, hijo! – tranquilízate, todo irá bien con la ayuda del Altísimo-exclamaba Sidi Omar mientras recorría con sus dedos las 99 cuentas de nácar de su rosario al tiempo que susurraba “Subhana Al-lah, Al hamdu li-llah, Allahu Akbar”, (Gloria A Dios, Alabado sea Dios, Dios es más Grande), intentando así disimular su nerviosismo, superior incluso al de su hijo. -Mariam, ¡hija mía! ¿No oyes nada aún?
Ambos hombres creyeron que el corazón les iba a estallar de júbilo cuando
oyeron los primeros lloros de la criatura recién nacida. Mariam, la única hija de Omar ,se lanzó con rapidez hacia la habitación. Sin mediar palabra Sidi Omar atrajo hacia sí a su hijo y se fundió con él en un apretado abrazo tal vez para intentar ocultar sus ojos humedecidos.
Se abrieron las puertas de la alcoba y comenzaron a salir las cuatro mujeres que habían asistido al parto, todas se apresuraron a dar los parabienes a los dos hombres, la última en acercarse fue Lal-la Zahra, a la que Abdellah besó filialmente en la cabeza.
-Que Dios te bendiga, hijo mío, ¡anda, entra a ver a tu… hijo! Pero no los agobies, Amina está extenuada, ella y el niño necesitan descansar.
Abdellah entró con sigilo, en la penumbra de la alcoba, sobre el lecho reposaba su esposa teniendo en su regazo al niño, su rostro reflejaba el cansancio y la fatiga, pero al mismo tiempo irradiaba una felicidad indescriptible que acrecentaba aún más su extraordinaria belleza.
– ¡Ibn Omar Al Araichi, aquí tienes a tu hijo! –dijo Amina con orgullo.
El hombre se inclinó sobre la cama, rodeó con sus brazos suavemente el talle de su mujer y sin decir palabra la besó repetidamente en las mejillas y en la cabeza, luego tendió los brazos y con sumo cuidado tomó el envoltorio que arropaba al recién nacido, lo arrimó dulcemente hacia su corazón y contempló arrobado la carita sonrosada del pequeñín. Lo que sentía nadie lo podría describir, su alma estaba inundada de algo que era superior a la alegría y a la felicidad juntas. Amina, sonriendo, mantenía fija la mirada en los ojos de su marido. Ella sí que comprendía lo que embargaba a su marido en aquellos instantes.
– ¿No quieres cerciorarte de que es un hombre de verdad? ¡Vamos, míralo!
Abdellah descubrió lentamente el cuerpecito de su hijo, brevemente lo examinó y lo volvió a cubrir rápidamente –“hace frío”-dijo.
En ese momento y tras unos tímidos toquecillos entraron Sidi Omar, su esposa y Mariam. El anciano acarició el rostro de su nuera-a la que siempre había querido como a una hija-después tomó al niño en brazos lo miró embelesado y besándolo tiernamente lo entregó de nuevo al padre diciéndole:
-Ahora debes ser tú quién cumpla, como padre, el rito
Abdellah acercó sus labios al oído derecho del recién nacido y con profundo recogimiento susurró:
– ¡Dios es el más Grande! ¡Dios es el más Grande! ¡Atestiguo que no hay más que un solo Dios y que Mohammed es su profeta! ¡Venid a la oración! ¡Venid a la felicidad! ¡Dios es el más Grande! ¡Dios es el más Grande! ¡No hay más Dios que Dios!
Acto seguido Mariam cogió al niño sintiendo al hacerlo un estremecimiento, Lal-la Zahra mojó su dedo en el recipiente que traía con ella y depositó una gotita de miel en la lengua de su nietecito.
Sin embargo, la alegría que se apoderó de toda la casa no pudo vencer a la tristeza y a la congoja que reinaba en todos los corazones.
Desde el 26 de abril la ciudad se encontraba totalmente sitiada por un ejército de más de 50.000 cristianos, al tiempo que la flota catalana bloqueaba cualquier ayuda que pudiera acudir por la mar. La situación se hizo insostenible cuando las intensas nevadas caídas en Moharram del 897 (noviembre de 1491), impidieron la llegada de trigo, cebada, mijo, aceite y pasas que se infiltraban desde la Alpujarra. El hambre y el desaliento se adueñaron de los habitantes. El ejército sitiador había cortado todas las comunicaciones con el
fin de impedir posibles socorros exteriores, habían talado bosques, cegado pozos, destruido cosechas, asolado alquerías. Pronto los víveres comenzaron a escasear, cerraron comercios porque no tenían nada que vender, los zocos se vaciaron, los agricultores refugiados en la ciudad ante la embestida de los cristianos deambulaban sin destino alguno uniéndose a los innumerables parados para saquear todo aquello que les diese alguna posibilidad de alimentar a sus familias.
El ejército o lo poco que quedaba de él se sentía impotente para contener los tumultos, los soldados estaban completamente desmoralizados, faltos de paga, su situación era tan precaria como la de aquellos a los que tenían que apaciguar, el desprecio por gran parte de la población hacia ellos era notorio, muchos desertaron y acudieron al campamento cristiano para ofrecer sus servicios como exploradores y guías.
Multitud de mujeres hambrientas con sus pequeños sujetos a la espalda o en brazos recorrían diariamente las calles pidiendo que de una vez por todas se acabase con esa situación y se abriesen las puertas de la ciudad a los cristianos, así por lo menos no morirían ni verían morir de hambre a sus hijos. Granada agonizaba.

MUSTAPHA BUSFEHA GARCÍA

(Larache, Marruecos, 1945).

Es licenciado en Ciencias Políticas (Especialidad relaciones internacionales y derecho diplomático por la Universidad Complutense de Madrid). Cursó estudios de Ciencias Sociales de la Iglesia en el Instituto Social León XIII de la Universidad Pontificia de Salamanca. Tras su vida laboral, transcurrida en su mayor parte en Marruecos, se asienta en Granada, de donde era originaria su madre, dedicándose a la escritura. Fue miembro de la extinguida “Asociación de Jornadas de Novela Histórica de Granada”. Fue miembro del comité de redacción de “Les Guides Bleus” Volumen “MAROC” Editorial Hachette (Paris). Autor de la novela histórica “La casa del cobertizo” (Editorial Alhulia, 2014), coautor de “Dolor tan fiero. Relatos para Teresa de Jesús”, Relato titulado “Edicto de gracia” (Editorial Port Royal, 2015) y autor de la novela histórica “Babuchas Negras” (Grupo Editorial Áltera, 2017). Autor de “Tres Sinfonías” (en vías de publicación).

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