ESPACIO FRAGMENTADO Y MEMORIA MÚLTIPLE

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REFLEXIÓN SOBRE EL DRAMA HISTÓRICO ESPAÑOL DE FINALES DEL SIGLO XX

E  INICIOS DEL XXI

LEILA BOUKRAA

(Universidad de Túnez)

La dramaturgia española contemporánea se ha preocupado mucho por estudio de cómo el territorio urbano puede estar poseído por el poder político del Estado y de cómo este mismo poder estatal lo condiciona  particularmente para servir sus intereses políticos propios. Los dramas actuales procuran reproducir en el escenario dicha posesión del espacio nacional.

El espacio escénico en los dramas históricos actuales aparece a menudo desdoblado, o mejor dicho, fragmentado, imitando así la existencia en la realidad de una doble y contradictoria visión del territorio urbano.

El territorio urbano es el conjunto de los espacios que obedecen al cambio de régimen político. Éste procura bautizar las calles, callejones, avenidas, valles, instituciones religiosas etc…. para representar su ideología política. El territorio urbano se convierte en el símbolo del Estado.

En la inmediata posguerra este proceso se extendió a los núcleos de población que se habían mantenido bajo autoridad republicana hasta el final. Su efecto ideológico es notable. Si la denominación de las calles tiene la misión de evocar un pasado histórico lejano o reciente, también realiza la función contraria: excluir y condenar al olvido a hechos o personajes de ese mismo pasado. Esta obsesión significa el intento de conjurar la existencia de aquellos que siguen perturbando el vivir cotidiano.

La denominación de calles y plazas constituyó una política de la memoria que alcanzó gran importancia durante la dictadura. Llegó a todos los rincones de la geografía y afectó a toda la población. Por consiguiente, se ha ido dibujando el sistema y la memoria histórica colectiva y oficial.

A la muerte del General Franco, cuando pareció consolidarse la evolución hacia la democracia, comenzó el proceso de eliminación de aquellos nombres que recordaran la recién desaparecida Dictadura.

Después de la Transición, los intelectuales españoles encabezados por los dramaturgos (el inicio fue con ¡Ay, Carmela!, de Sanchis Sinisterra)  se han dado cuenta de el inicio de la democracia es un borrón y cuenta nueva con el pasado. O sea, un comienzo de una historia nueva, otra vez oficial, que procura crear un desinterés por la busca de una verdadera Historia de España. Así, por ejemplo, hubo un intento por parte de del gobierno de la inmediata transición de cambiar la enseñanza de la historia de España bajo el pretexto de educar a la nueva generación inculcándole los valores del antimilitarismo.

De ahí que los  dramaturgos comprometidos (Sanchis Sinisterra, López Mozo, Rodríguez Méndez),  han empezado a despertar la conciencia de los españoles (los que han vivido la guerra civil, los que han padecido del Franquismo y los hijos de la Transición) sobre la necesidad de reflexionar sobre su memoria histórica y, desde luego, sobre su identidad.

En el ámbito de la dramaturgia surgieron obras teatrales con innovaciones técnicas que resaltan dicho cuestionamiento de la Historia y de la memoria. Pues, la representación del pasado no comienza con la historia sino con la memoria. Recurren esencialmente al espacio fragmentado para representar una nueva visión de la memoria. Una memoria múltiple pero individualizada. Efectivamente, si la memoria se sitúa al lado de la fragmentación, de la pluralidad de los grupos y de los individuos que son los sujetos y vectores efímeros, la historia está al lado de la unicidad.

Ello obedece a una nueva teoría del espacio que tiene sus raíces en la incidencia de la posmodernidad en la percepción de la realidad espacial.

En efecto, la característica más importante de la época actual, posmoderna, es el  advenimiento de la deconstrucción o desconstrucción. Ésta se define como una fragmentación. Durante la época moderna los artistas se preocupaban por el hecho de restituir el mundo resaltando la unidad del espacio. Fue el periodo de la construcción coherente que se manifestaba ya en las obras artísticas y literarias clásicas. Se restituye la realidad reconstruyendo los objetos que ocupan el espacio.

Sin embargo, con la posmodernidad asistimos a la pérdida de la unidad de los objetos y al advenimiento de un universo de formas múltiples. Es lo que observamos en los dramas actuales; obviamente, son obras en las cuales se asiste a una fragmentación y multiplicación de los espacios que se adecua con la fragmentación de la fábula y de los actos y secuencies. La fragmentación estructural es una manera de expresión en la cual se resalta la tendencia individualista e individualizada en la percepción y restitución del mundo. Por lo tanto, la fragmentación del espacio escénico pone de manifiesto la existencia de una pluralidad en la percepción del espacio o territorio urbano. Por consiguiente, la fragmentación originada por la desconstrucción es una manera de apoyar una visión múltiple de la realidad individual y colectiva, actitud ella misma generada por los cambios en la realidad histórica.

Para representar dicha percepción de la pluralidad y multiplicidad del territorio, los dramaturgos actuales recurren a la forma del teatro histórico-realista. Efectivamente, los dramas históricos posmodernos aportan elementos estructurales innovadores, en cuanto al significado del tiempo, del espacio y de los personajes. Pues a través de la interrogación del tiempo se cuestiona también el espacio y sus significados. El espacio no es solamente el lugar o el territorio que acoge la acción de los personajes. Sino que se configura como elemento emblemático representativo de la fragmentación de aquellos.

Más, el espacio en los dramas históricos actuales acoge la memoria de los pueblos y resalta asimismo su pluralidad. El espacio fragmentado pone en evidencia una nueva percepción de la Historia y de la memoria histórica. Se resalta el hecho de que la historia es necesariamente subjetiva lo que no es de ningún modo sinónimo de irreal. Es que, al fin y al cabo, la historia se escribe a través del territorio percibido subjetivamente. Por lo tanto si existen territorios múltiples existe una historia múltiple y vice versa. La reconstrucción de la historia exige por lo tanto una revisión de los territorios.

La fragmentación del espacio escénico multiplica los lugares acogedores de la historia y por tanto de la memoria o de las memorias. Según Halbwachs el recuerdo necesita un cuadro espacial que lo estructura. La sucesión de cuadros espaciales constituye la esencia de la actividad mnemónica. Los cuadros espaciales son el hecho de la sociedad porque se inscriben en categorías mentales colectivas y porque se nutren de la experiencia social del individuo generada por su inserción en el grupo. Así, el cuadro espacial constituye una evocación del pasado y de la memoria individual que provoca el arranque de la memoria histórica colectiva.

Al recurrir a la fragmentación del espacio escénico multiplicándolo o dividiéndolo en micro espacios la escena teatral actual ofrece un nuevo concepto del territorio: es un no-lugar (El jardín quemado de Juan Mayorga). De esta misma descomposición del espacio los dramaturgos actuales advierten que la memoria no tiene lugar, sino que es interna o interior. Es decir, que su lugar es el individuo, pues no se puede habitar el espacio de la evocación de la memoria dado que la memoria es reconstruida a través de la reconstrucción individual del recuerdo. De este modo, la fragmentación del espacio en los dramas históricos intenta representar la fragmentación de la historia, de la memoria y de la identidad. De su reconstrucción por parte del receptor nace el efecto catártico del drama que es la forma posmoderna de construcción del drama histórico.

Asimismo, los dramaturgos posmodernos insisten en otro aspecto relevante. Sus dramas es un llamamiento dirigido hacia la sociedad posmoderna en el que insisten en que las raíces de la realidad no son más que las diferentes manifestaciones de la memoria histórica. Entender la realidad equivale, entonces, a entender el proceso de construcción de la memoria del pasado reciente.

A la memoria se le asignan el dominio simbólico, etéreo, inmaterial y cotidiano del espacio, especialmente el urbano, con sus calles y plazas. Espacio organizado, estructurado que es el reflejo del poder mismo. Mediante la evocación de la memoria en los dramas históricos, los dramaturgos “hacen hablar las piedras”. La memoria sustenta la elocuencia política. La política de la memoria es el sello que identifica lugares como propios, divulga y propaga nombres, fechas y valores del propio régimen, a la vez que elimina o borra los del anterior.

En los dramas actuales se ha criticado dicha tendencia, especialmente la de la manipulación del espacio por el régimen franquista. Por ejemplo el nuevo bautismo de las calles que ha servido de propaganda política: El Valle de los Caídos. 

El objetivo inherente a esos actos de poder es perpetuar el recuerdo de una gran personalidad, de su colectividad o de un acontecimiento simbolizado por una fecha. Se trata de integrar en la historia y en la vida cotidiana de los ciudadanos por vía de la memoria hechos y actores que constituyen un reflejo de una visión determinada de la historia. Son estos lugares donde se deposita la memoria, donde emerge y donde se difunden los paradigmas sociales (el coraje, el heroísmo, el sacrificio, la cultura, el patriotismo…) las calles se convierten en receptáculo y en emisor de contenidos ideológicos. Es de hecho una consecuencia evidente del intento de manipular tanto la historia como la memoria.

Al descomponer el espacio escénico, los dramaturgos actuales descomponen la unidad de la memoria histórica. En el drama histórico actual, la fragmentación del espacio escénico es una crítica abierta y directa hacia la manipulación política de la memoria. El drama histórico es una forma de representar la falsificación de la historia a través de la manipulación de los espacios que la recogen. La memoria oficial se encuentra en los territorios urbanos manipulados por el régimen político. Mientras que la memoria histórica “verdadera” se halla en la interiorización del espacio, su individualización por los seres que lo habitan.

La escena teatral actual  procura crear un escenario que destapa la verdadera memoria histórica. El territorio urbano ya no es un espacio histórico-realista sino la representación de la manipulación política de la memoria. Por ello recurre a la fragmentación para demostrar su impotencia frente al intento de construir una memoria colectiva y única. Falsificado, manipulado, el territorio urbano no puede unir  un pueblo. La multiplicidad de los espacios representativa de la pluralidad de la memoria es representativa de la memoria colectiva.

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